A finales del siglo XIX, los oponentes al reconocimiento del arte parietal paleolítico son numerosos. Uno de los argumentos evocados se refería a la iluminación. Para algunos, era poco probable que el hombre hubiera podido realizar pinturas o grabados en sectores remotos de la cavidad, alejados de la luz natural del día. No se le juzgaba capaz de producir un instrumento a la vez portátil y susceptible de dar una luz suficiente para trabajar bajo las condiciones impuestas por el medio natural.

Sin embargo, cuatro años después del descubrimiento de las figuras parietales de la cueva de La Mouthe (Dordoña) y de su reconocimiento por E. Rivière (1895), este último halló, en este yacimiento, un objeto de arenisca, ornado de un grabado de íbice. En la otra cara estaba excavada una cubeta de forma circular, mientras que un depósito carbonoso recubría el fondo. El análisis reveló la presencia de productos de combustión a base de grasa animal. Era la primera lámpara reconocida como tal.

En algunas cuevas, pero no en Lascaux, rastros dejados por las mechas sobre las paredes hacen pensar que se utilizaron también antorchas hechas con especies resinosas, instrumentos mejor adaptados que el quemador en los desplazamientos al interior de la cavidad.

Finalmente, ciertos hogares, desprovistos de todo objeto en sílex o en hueso, tuvieron por única función la de iluminar. Las excavaciones dirigidas por el abad André Glory en Lascaux, al pie de la Escena del Pozo, permitieron el descubrimiento de una lámpara en arenisca roja, totalmente trabajada y pulida, con un mango y una decoración grabada. Más de un centenar de lámparas han sido halladas en Lascaux; todas no están tan elaboradas. La mayoría son pequeñas placas de caliza, cuya parte central, un poco vaciada, recibía el combustible.